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Un antiguo tranvía color crema y rojo sale de noche de un depósito oscuro sobre vías mojadas

El último tranvía antes del amanecer

La Oficina de Objetos Extraviados funcionaba al fondo de un antiguo depósito de tranvías, entre una caseta de señales abandonada y el taller donde, muchos años atrás, ponían a secar los asientos mojados.

Casi nadie regresaba por lo que había perdido.

Había paraguas cubiertos de polvo, cajones llenos de guantes sin pareja y libros abiertos en páginas que sus dueños nunca terminaron.

Lucía llevaba ocho años trabajando ahí. Con el tiempo había aprendido a imaginar la historia de cada cosa.

Un guante de niño significaba llanto frente a una puerta que se cerraba. Una llave sin llavero hablaba de una cerradura cambiada y de una tarde arruinada. Los libros con una esquina doblada casi siempre volvían a casa.

El boleto rojo no le dijo nada.

Lo encontró dentro de la chamarra gris de un conductor, recuperada del tranvía 107. El vagón llevaba veinte años encerrado en una bodega. Ya no tenía ruedas ni conexión eléctrica y, según el inventario del equipo de restauración, estaba vacío.

El boleto era de cartón grueso, con números descoloridos y seis perforaciones.

La fecha impresa era la del día siguiente.

Lucía lo volteó.

Su nombre completo estaba escrito al reverso. Debajo aparecía una advertencia:

No dejes que llegue al final de la línea.

Reconoció la letra de inmediato. La cola larga de la y, las mayúsculas apretadas y la raya en lugar del punto eran de su padre.

Gabriel Cordero había desaparecido dieciocho años antes.

Lucía tenía catorce cuando él salió para cubrir un turno nocturno. Llamó desde el depósito después de medianoche y prometió regresar antes del desayuno.

A la mañana siguiente encontraron su tranvía en una vía auxiliar. Las puertas estaban abiertas y la cabina vacía. Su reloj seguía andando sobre el asiento.

La policía dijo que Gabriel se había ido por voluntad propia.

La mamá de Lucía nunca lo creyó.

Durante mucho tiempo, Lucía tampoco.

Cerró la oficina y llamó al encargado del taller.

—La chamarra que encontraron en el 107, ¿cuándo la sacaron?

—¿Cuál chamarra?

—La gris. Estaba en la cabina.

Del otro lado se escucharon papeles.

—El vagón estaba vacío, Lucía. Yo hice el inventario.

Ella colgó.

En la manga izquierda había una mancha de grasa. Gabriel siempre se limpiaba ahí la llave con la que ajustaba los cambios de vía.

Lucía revisó los demás bolsillos.

Encontró una placa de latón con un solo número:

0

Nunca había existido una ruta cero.

Lucía revisó los planos de la red, los archivos municipales y las líneas temporales usadas durante reparaciones e inundaciones. El cero aparecía únicamente en documentos internos para identificar un tranvía fuera de servicio.

En la bitácora de la noche en que desapareció Gabriel faltaba una hoja entre las rutas 6 y 8.

Un pedazo de papel carbón seguía atrapado en el lomo. Lucía puso encima una hoja limpia y pasó suavemente un lápiz.

Aparecieron varias palabras:

00:47.

Tranvía 107.

Antes del amanecer.

Debajo había siete apellidos.

Lucía los buscó en la hemeroteca.

Una maestra de música desaparecida después de un festival escolar. Un ingeniero que nunca volvió de su turno. Una estudiante que dejó en su cuarto el pasaporte y el dinero. Un jubilado visto por última vez en un paradero después de medianoche.

Las desapariciones ocurrieron en años distintos.

Sin embargo, en todos los casos alguien aseguró haber escuchado la campana de un tranvía cuando el servicio ya había terminado.

El séptimo nombre era Gabriel Cordero.

Lucía recordó un mapa doblado que encontró en el escritorio de su padre cuando era niña. Varias líneas a lápiz cruzaban el río y conectaban colonias por donde nunca había pasado un tranvía.

Pensó que Gabriel diseñaba una ruta nueva.

Ahora entendía que había unido los lugares donde desaparecieron aquellas personas.

El recorrido comenzaba en el depósito, atravesaba el río por un puente clausurado y terminaba en un barrio donde las vías llevaban décadas enterradas bajo el pavimento.

Junto al puente, Gabriel había dibujado tres símbolos: un paradero, un boleto perforado y un sol naciente.

Eran las doce con veinte.

Llamar a la policía habría sido lo más sensato. También habría tenido que explicar un boleto con la fecha de mañana, una chamarra ausente del inventario y una ruta borrada de todos los registros.

Lucía guardó el mapa y la bitácora en su bolsa, se puso la chamarra de Gabriel y salió al patio.

La lluvia había dejado las vías brillando bajo las lámparas.

A las 00:47, una campana sonó detrás de las bodegas cerradas.

Primero llegó la luz.

Se deslizó entre los edificios vacíos, aunque las vías de aquel lado terminaban contra una pared de concreto.

Después apareció el tranvía 107.

Ya no tenía polvo ni óxido. La carrocería color crema brillaba bajo una franja roja. Detrás de las ventanas había lámparas amarillas encendidas.

En el letrero de destino se leían dos palabras:

HASTA EL AMANECER

El tranvía se detuvo frente a Lucía.

Las puertas se abrieron.

Adentro viajaban seis personas.

Una mujer mayor abrazaba el estuche de un violín. Un hombre con ropa de trabajo sostenía una lámpara rota. Una joven miraba a Lucía por encima de un libro abierto.

Lucía conocía esos objetos. Todos habían pasado por sus manos en la oficina.

Al fondo estaba el séptimo pasajero. La sombra y el cuello levantado de una chamarra gris ocultaban su rostro. Un reloj brillaba en su muñeca.

Lucía subió.

—¿Papá?

El pasajero volteó hacia ella, pero no respondió.

Las puertas se cerraron. El tranvía arrancó con tanta suavidad que parecía impulsado no por un motor, sino por algo que acababa de tomar una decisión.

Una inspectora salió de la plataforma delantera. Era alta, de cabello blanco, y vestía un uniforme antiguo. Llevaba una bolsa de cuero y una perforadora colgada de la muñeca.

—Su boleto.

Lucía le entregó el cartón rojo.

La mujer leyó el nombre y sonrió.

—Por fin.

—¿Qué ruta es ésta?

—La última.

—¿Hacia dónde va?

—Hacia el lugar al que los demás no se atrevieron a ir.

La perforadora se cerró con un golpe seco.

Un séptimo agujero apareció en el boleto.

El depósito desapareció.

Ahora el tranvía avanzaba por una calle desconocida. Había lluvia caliente de un lado y una capa de escarcha del otro. Ningún negocio tenía nombre.

A veces se encendía una ventana. Detrás había alguien de pie junto a una puerta abierta, con una maleta preparada.

—¿Los pasajeros están vivos? —preguntó Lucía.

—Tanto como han decidido estarlo.

—¿Por qué no se bajan?

—Esperan su parada.

Lucía quiso acercarse al hombre de la chamarra gris, pero la inspectora le cerró el paso.

—No se molesta a los pasajeros antes del puente.

—Es mi papá.

—Aquí el parentesco no paga el viaje.

—Entonces ¿por qué me dejó este boleto?

La sonrisa de la mujer desapareció.

—Gabriel Cordero no pudo dejarle nada. Los pasajeros de este tranvía no tienen mañana.

Levantó el boleto hacia la luz.

El último agujero no era redondo. Tenía forma de flecha.

La inspectora miró hacia la cabina.

—¿Dónde lo encontró?

—Adentro del 107.

—Éste es el 107.

Los pasajeros levantaron la vista al mismo tiempo.

La cabina estaba separada por un vidrio opaco. Del otro lado se distinguía a la persona que conducía, con una mano apoyada en la palanca.

—¿Quién maneja?

—Quien alguna vez prometió detenerse —respondió la inspectora.

Lucía puso la palma contra el vidrio.

La conductora hizo lo mismo.

Era la mano de una mujer. En uno de sus dedos había un anillo delgado de plata, idéntico al que Lucía había heredado de su madre.

Lucía retrocedió.

—No puede ser.

—En una ruta común, no.

La inspectora le devolvió el boleto.

—Su padre buscó durante años la forma de cambiar este recorrido. Descubrió que el tranvía no recoge muertos. Recoge personas en el instante en que están dispuestas a desaparecer de su propia vida.

—Mi papá no quería abandonarnos.

—Por eso permaneció a bordo. Los demás estaban listos para bajarse donde nadie los conociera. Gabriel se negó. El tranvía no pudo terminar el recorrido y desde entonces ha dado vueltas alrededor de la ciudad.

Lucía miró al pasajero silencioso. Reconocía el hombro izquierdo levantado y el ritmo de los dedos sobre la rodilla.

—¿Por qué no habla?

—Ya dijo su nombre una vez. Sólo puede repetirlo al bajar.

El tranvía comenzó a frenar.

Afuera apareció un paradero iluminado por una sola lámpara.

El letrero decía:

MUELLE VIEJO

Ese lugar había desaparecido de los mapas antes de que Lucía naciera. Sin embargo, estaba marcado en el plano de Gabriel.

En la plataforma esperaba una niña de catorce años con un impermeable amarillo.

Era Lucía.

La niña sostenía el viejo teléfono de su casa. Ésa era la noche en que Gabriel llamó para prometer que volvería antes del desayuno.

Lucía corrió hacia las puertas.

No se abrieron.

—No es un recuerdo —dijo la inspectora—. Es una parada. Puede bajar.

—¿Y regresar a esa noche?

—Puede bajar. La ruta no promete dónde terminará.

El tranvía aceleró.

Lucía abrió el mapa. Los tres símbolos junto al puente coincidían con tres perforaciones del boleto. Entre ellos apareció una frase con tinta pálida:

La ruta no se sostiene sobre las vías.

Se sostiene sobre una decisión que nadie tomó.

Lucía observó de nuevo la cabina.

La conductora llevaba la misma chamarra verde que ella se había puesto esa mañana.

La mujer giró la cabeza.

La luz atravesó el vidrio y mostró el rostro de Lucía, muchos años mayor, con un mechón blanco sobre la frente.

—¿Soy yo?

—Una de sus versiones —respondió la inspectora—. La que esperó demasiado para elegir.

El celular de Lucía comenzó a sonar.

No tenía señal, pero la pantalla decía:

PAPÁ

Lucía contestó.

Escuchó el rechinar de las ruedas y después la voz de Gabriel:

—Si puedes oírme, no confíes en el final de la línea. No existe.

La llamada se cortó.

El pasajero silencioso se puso de pie. Tenía la estatura de Gabriel y llevaba su reloj. Su cara seguía oculta.

El tranvía entró al puente abandonado.

Debajo no estaba el río. Se movían todas las luces de la ciudad: ventanas, faros y semáforos, como si el puente pasara sobre cada calle al mismo tiempo.

Más adelante, las vías se dividían.

Un lado conducía al Muelle Viejo. El otro desaparecía en la oscuridad.

El boleto se calentó en la mano de Lucía.

La inspectora dejó su perforadora sobre un asiento.

—Falta menos de un minuto.

—¿Qué hay al final?

—Aquello para lo que usted se trajo hasta aquí.

—Yo no hice eso.

La mujer miró directamente el boleto.

—Sí. Todavía no decide para qué.

Las ruedas golpearon las vías con mayor rapidez. La niña del impermeable amarillo levantó una mano. El pasajero dio un paso hacia Lucía.

Detrás del vidrio, la versión mayor de Lucía alcanzó el freno que Gabriel le había advertido que no tocara.

Lucía sólo podía hacer una cosa.

La historia se detiene frente al desenlace

¿Qué hace Lucía antes de que el tranvía llegue al cambio de vías?