NarrameyaHistorias interactivas que cambian con tus decisionesHistorias interactivas
Volver a las historias
Un pasillo nocturno de un viejo edificio conduce a un elevador de reja

El edificio que escucha

Renata había regresado al Edificio Anáhuac para vaciar el departamento y entregarle las llaves al agente inmobiliario. No pensaba quedarse a dormir. Mucho menos pasar allí una semana.

Pero el comprador había pedido los papeles originales, el notario encontró una diferencia en el número del departamento y, para colmo, una lluvia de septiembre había convertido la avenida en un estacionamiento inmóvil.

El edificio ocupaba una esquina de Santa María la Ribera desde antes de que su madre naciera. Tenía mosaicos verdes en el vestíbulo, un elevador de tijera que se detenía unos centímetros antes de cada piso y un patio interior donde las conversaciones subían con más facilidad que la luz.

De niña, Renata creía que el lugar respiraba.

De adulta, dedicada a restaurar grabaciones antiguas, sabía que todos los edificios tenían sonidos propios: tuberías que se contraían, bombas de agua, cables tensos, madera hinchada por la humedad. Cualquier ruido podía parecer una voz si uno lo escuchaba durante suficiente tiempo.

Eso se dijo mientras acercaba el teléfono a la pared.

Grabó treinta segundos.

Cuando reprodujo el archivo, no escuchó golpes. Tampoco su propia voz.

Escuchó a su tía Ofelia susurrando:

—No le contestes todavía.

Renata dejó caer la taza.

El golpe despertó a Mateo Juárez, el vecino del 4A. Salió al pasillo en pants, con una lámpara recargable en la mano y el cabello aplastado de un lado.

—¿Todo bien?

—Se cayó algo.

Mateo miró la taza rota, luego la pared.

—¿Te habló?

Renata alzó la vista.

—¿Qué cosa?

—El edificio.

Lo dijo sin sonreír.

Mateo entró, cerró la puerta y desconectó el viejo interfono que colgaba junto a la cocina. Después puso su lámpara en el suelo, apuntando hacia arriba. Las grietas del muro formaron sombras largas.

—Mi abuela decía que este lugar repite las voces —explicó—. Primero pensamos que eran ecos del patio. Luego desapareció la señora Leonor.

—¿Quién?

Mateo tardó en responder.

—Vivía aquí. Creo.

—¿En qué departamento?

Él miró las puertas del pasillo como si esperara encontrar una nueva entre ellas.

—Eso es lo raro. Ya no me acuerdo.

Renata sintió un frío desagradable en los brazos.

—¿La policía vino?

—Debe haber venido.

—¿Hay una denuncia?

—Supongo.

—¿Cuál era su apellido?

Mateo abrió la boca, pero ningún nombre salió de ella.

Renata recogió el teléfono. En la grabación, la voz de Ofelia volvió a decir que no contestara. Esta vez, detrás de ella, se alcanzaba a distinguir un murmullo compuesto por muchas voces.

Una pronunciaba el nombre de Mateo.

Otra pronunciaba el de Renata.

La tercera decía:

—Cuatro horas.

Durante el resto de la noche buscaron entre las cosas de Ofelia. Había recibos ordenados por año, cajas de medicinas, manteles que todavía olían a jabón y una colección de casetes guardada en el clóset de la recámara.

Cada cinta tenía una fecha, una hora y un número de departamento.

`3C — Leonor — 1:18 a. m.`

`2A — Tomás — 6:42 p. m.`

`5B — Amalia — 11:07 p. m.`

Renata encontró diecinueve.

Reconoció algunos nombres. Otros le provocaron una sensación peor: la certeza de haberlos conocido sin poder recordar un rostro.

Sacó la grabadora portátil que llevaba en su mochila y conectó el primer casete.

Una mujer hablaba desde muy lejos:

—Ofelia, si escuchas esto, no abras la puerta aunque yo te lo pida.

Después se oyó la voz de Ofelia, clara y cercana.

—Leonor desapareció tres horas con cincuenta y dos minutos después de esta grabación. El edificio no repite lo que ya escuchó.

Una pausa.

—Ensaya lo que quiere que digamos.

En la cinta siguiente, un hombre rogaba que cuidaran a su perro. En otra, una mujer le pedía perdón a un hijo cuyo nombre se perdía bajo una interferencia. Después de cada voz, Ofelia registraba la hora en que la persona había desaparecido.

Renata reprodujo la última cinta.

No tenía nombre. Sólo la fecha del día anterior a la muerte de su tía.

Primero hubo silencio.

Luego Ofelia dijo:

—Si eres tú quien encuentra esto, perdóname, Renata. Pensé que podría mantenerlo dormido.

Un golpe sonó dentro de la grabación.

El mismo golpe respondió desde la pared.

—No se lleva a las personas —continuó Ofelia—. Se lleva el lugar que ocupaban en nosotros. Cuando ya nadie puede recordar su nombre, abre una puerta.

Algo raspó el muro del departamento.

—Y cuando la puerta se abre, las guarda donde todavía puedan ser escuchadas.

La cinta terminó.

A las siete de la mañana, Renata y Mateo bajaron al vestíbulo. La lluvia había parado, pero ninguno de los vecinos había salido rumbo al trabajo.

Doña Cata, del 3A, estaba parada frente a los buzones con una carta en la mano.

—Oigan —dijo—, ¿el muchacho del 5A vive solo?

—Iván —respondió Mateo.

La mujer frunció el ceño.

—¿Iván qué?

Mateo miró a Renata.

—Castañeda —dijo ella, recordando al joven que todas las tardes subía con el casco de motociclista bajo el brazo.

Doña Cata leyó el nombre del sobre.

—Qué raro. Aquí sólo dice “I. C.”.

En ese momento, el elevador bajó vacío.

Antes de abrirse, una voz salió de la bocina del interfono.

Era la voz de Iván.

—Mamá, cuando te llamen, diles que sí soy tu hijo.

Las puertas se separaron.

Dentro no había nadie, pero en el espejo del elevador aparecía el reflejo de un joven parado detrás de ellos.

Iván estaba en la escalera, dos pisos más arriba.

—¿Escucharon eso? —preguntó.

Doña Cata miró hacia él.

—Perdón, joven. ¿Usted quién es?

A partir de ese momento, el olvido avanzó rápido.

El nombre de Iván desapareció del buzón. El administrador buscó su contrato y encontró una hoja en blanco. Su llave dejó de abrir la puerta del 5A. Cuando llamó a su madre, la mujer aseguró no tener hijos.

Sólo Renata y Mateo podían recordarlo. Las cintas de Ofelia parecían protegerlos.

—Tenemos menos de cuatro horas —dijo Renata.

Se llevaron a Iván al 4B y escribieron su nombre en todos los espejos, paredes y ventanas.

A las ocho con veinte, las primeras letras comenzaron a borrarse.

Mateo revisó el interfono. Los cables subían desde la entrada, atravesaban cada departamento y descendían al cuarto de máquinas. No tenía sentido: el sistema llevaba años desconectado.

Siguieron el cableado hasta el sótano.

Detrás de la cisterna encontraron una puerta angosta cubierta con capas de pintura. Renata estaba segura de que no había estado allí durante su infancia. Mateo rompió el candado oxidado.

Del otro lado no había un cuarto.

Había un pasillo alfombrado.

El aire olía a humedad, café recién hecho y perfume viejo. A cada lado se extendían puertas marcadas con números imposibles: 2C, 4D, 7A, 9B. Algunos departamentos pertenecían a pisos que el edificio no tenía.

Detrás de cada puerta alguien hablaba.

Pedían que no apagaran la luz. Repetían números de teléfono. Contaban la misma anécdota una y otra vez, como si temieran que el silencio pudiera borrarlos por completo.

—Son ellos —murmuró Mateo.

Renata encontró el 5A al final del corredor. Al acercar el oído, escuchó a Iván hablando con su madre, aunque el verdadero Iván seguía detrás de ella.

—Todavía no está adentro —dijo—. El edificio está preparando su lugar.

Luego vio una puerta sin número.

En lugar de mirilla tenía una pequeña rejilla de interfono.

—Renata —susurró una mujer desde el otro lado.

No era Ofelia.

Era Elisa, la hermana mayor de Renata.

Elisa había desaparecido cuando Renata tenía nueve años. Su madre le había contado que se marchó de la ciudad después de una pelea familiar. Con el tiempo dejaron de nombrarla. No había fotografías suyas en casa y Renata había llegado a creer que algunos recuerdos —unos tenis rojos, una canción cantada en el baño, una mano apretando la suya durante un temblor— pertenecían a otra persona.

—Elisa —dijo Renata.

La puerta tembló.

Mateo la jaló hacia atrás.

—No contestes.

Pero el recuerdo ya estaba regresando.

Elisa no había abandonado a su familia. Había escuchado su voz en el edificio y se lo contó a Ofelia. Nadie más le creyó. Cuatro horas después, la puerta del sótano se abrió.

Ofelia fue la única que siguió recordándola.

Por eso había llenado el departamento de cintas. No estaba registrando a los desaparecidos: estaba pronunciando sus nombres cada noche para impedir que el edificio terminara de devorarlos.

La muerte de Ofelia había dejado todas aquellas voces sin testigo.

—Yo ocupé su lugar —explicó Elisa detrás de la rejilla—. Mientras alguien escuchara desde aquí, el edificio sólo podía llevarse a una persona a la vez.

—¿Cómo te saco?

—No puedes sacar solamente a una.

Las luces del pasillo se encendieron una por una.

Tras las puertas, diecinueve voces comenzaron a pronunciar el nombre de Renata.

Mateo retrocedió.

—Tenemos que irnos.

—Si se queda sin alguien que escuche —continuó Elisa—, va a llamar a todo el edificio. Luego a la siguiente casa. Luego a la calle.

Desde arriba llegó el sonido de decenas de puertas abriéndose. Los vecinos descendían al sótano, atraídos por voces conocidas.

Iván miró sus manos.

—Ya no recuerdo la cara de mi mamá.

Renata abrió la libreta de Ofelia. En la última página había tres instrucciones escritas con tinta roja:

`Una voz puede abrir el camino.`

`Muchas voces pueden obligarlo a recordar.`

`Un cuarto lleno de ecos puede convertirse en una jaula.`

Debajo, su tía había añadido:

`Ninguna salida conserva todo.`

A las once con cincuenta y ocho, la voz de Renata brotó de todos los interfonos del edificio.

—Mañana van a decir que nunca viví aquí.

Esta vez completó la frase:

—A menos que elijas quién tendrá que escuchar.

La historia se detiene frente al desenlace

¿Qué hace Renata antes de que el edificio termine de llamarla?